Las luces azules de las ambulancias no paran de reflejarse en las cristaleras de la caseta municipal de Adamuz, la localidad cordobesa de unos 4.600 habitantes que se ha volcado con los heridos y supervivientes del gravísimo accidente entre dos trenes de alta velocidad que se ha producido pasadas las 19.30 de la tarde de este domingo y en el que han perdido la vida, al menos, 21 personas. Pasada la media noche, en el interior de ese recinto, al que han sido trasladados todos los afectados, apenas quedan ya viajeros. La mayoría, tras recibir la primera atención, están siendo trasladados en ambulancia hacia los hospitales cercanos y los ilesos se han subido en autobuses que los han llevado a sus destinos. Aunque el trasiego de fuerzas y cuerpos de seguridad y personal sanitario no es tan intenso como en las horas inmediatamente posteriores al descarrilamiento, el nerviosismo no amaina, sobre todo entre los familiares que se han desplazado hasta allí para tratar de localizar a sus allegados, con quienes no han podido contactar aún.Es el caso Ramón Montón, que a las puertas de la caseta busca desesperado a su mujer, Tamara Margarita Valdés, de nacionalidad cubana y residente en Huelva. “Estoy muy nervioso, aún no he podido localizarla, he tardado tres horas desde Huelva, le he pisado un poquito”, reconoce. Su pareja era una de las 184 pasajeras que viajaba hasta la capital onubense desde Madrid en el Alvia contra el que impactó un Iryo procedente de Málaga y con destino a Atocha, que descarriló, sin que se sepan todavía las causas. “Hablé con ella 20 minutos antes del accidente. Casi se le escapa el tren”, relata con una angustia contenida. Poco después, Montón era trasladado por un profesional de los servicios de emergencia a otro lugar, porque Tamara no está en la caseta municipal.No es la única pasajera desaparecida. “Estamos buscando a una chica de Huelva que no conseguimos localizar. Una amiga que viajaba con ella en el tren nos ha avisado de que no sabe dónde está y estamos intentando ubicarla para saber cómo se encuentra”, dice María, una de las vecinas de Adamuz que forma parte de la red de personas voluntarias del pueblo que han echado una mano en la caseta municipal.Mejor suerte ha corrido Santiago, otro vecino de Huelva, que, no obstante, no puede desprenderse de la angustia. “Sentimos un frenazo de golpe. El tren se empezó a mover de lado a lado hasta que paró. Cuando salí del tren vi una persona muerta e intentamos ir al vagón número uno, pero era un amasijo de hierros. La gente estaba pidiendo socorro e intentamos sacarlos, pero era muy difícil”, relata sobre los primeros instantes tras recibir el impacto del Iryo descarrilado. Santiago recuerda que los servicios de emergencia tardaron mucho tiempo en llegar, al lugar del siniestro –“aproximadamente una hora”-. Los primeros en llegar, dice, fue una pareja de la Guardia Civil, “pero estaban todos desbordados”. Ahora se dirige en ambulancia hacia el Hospital de Andújar para que le examinen los golpes que ha sufrido en el tórax y el gemelo.El susto tampoco se le desprende a Antonia Rodríguez, otra vecina de Huelva que viajaba en el Alvia –el tren que “se llevó la peor parte”, en el accidente, según ha reconocido el ministro de Fomento, Óscar Puente. Le tiembla la voz. “Íbamos en el vagón cuarto del Alvia, que ha estado casi dos horas en las vías. Mi hija está embarazada. Creemos que todo está bien, veremos”, explica antes de montarse en la ambulancia junto a su hija.En la caseta municipal cada vez quedan menos afectados, todos viajeros del Alvia con destino a Huelva, puesto que los pasajeros ilesos del tren Iryo ya han sido trasladados en autobuses a sus respectivos destinos. “Sentimos un primer frenazo y, en décimas de segundo, otro muy fuerte. Se nos cayó la mesa frente al asiento encima, se apagaron las luces y se cayó el techo del vagón”, cuenta Bianca Birleanu, onubense de 23 años que viajaba en el vagón número 4 de ese Alvia. “Estaba todo a oscuras, alguien abrió una oferta y consiguieron salir, bajar su equipaje y la Guardia Civil nos pidió ir hacia el edificio de Adif. Ahí entendimos la magnitud de lo sucedido”. El vagón número 2 era todo escombros, un amasijo. Y del otro también había muchos daños, estaba todo echo polvo. Fue mayor esa impresión que el accidente en sí”, añade su pareja Jorge García, también de 23 años, que prefiere no mirar a los lados y ni siquiera ha seguido la información de los medios de comunicación. “Mañana nos daremos cuenta de lo que ha pasado. Hemos vuelto a nacer”, reconoce García.Como Sergio, los jóvenes coinciden en que hubo un poco de caos inicial para que se pudiera atender a los heridos primero, y después fueron trasladados en autobús hasta Adamuz. Los dos estudiantes ahora solo desean llegar a Huelva. “Todavía no hemos visto a nadie de Renfe, y sí mucho personal de Iryo. Siempre nos dejan abandonados a los de Huelva”, lamentaban.Una persona herida es introducida en una ambulancia para ser trasladada a un centro hospitalario. Foto: PACO PUENTESLa onubense Toñi Torres, de 48 años, está a punto de subir en el autobús que la llevará a Huelva de madrugada. Dice que ha vivido los segundos más largos de su vida. “Cuando ocurrió el accidente quise agarrar a mi hijo y no lo conseguí. Se apagó la luz y no sabía qué había pasado. Hasta que no se encendió todo de nuevo y lo vi y lo escuché, no me volvió el alma al cuerpo”, explica la mujer, que viajaba en el vagón número 4 del Alvia con destino a la capital onubense. “Hemos sido muy afortunados. Cuando hemos visto cómo estaban el resto de vagones… ¡Qué suerte!”, insiste emocionada justo antes de entrar en el autocar.La médica del 061, Jessica Romero, recalca cómo en la caseta municipal de Adamuz han atendido a 138 pacientes, solo dos de ellos con la calificación de amarillo, “un poco más graves”. Mientras los viajeros que quedan allí van abandonando el recinto para montarse en los autobuses que los llevarán a su destino final, en la zona solo quedan decenas de sillas blancas de plástico, miembros de los servicios sanitarios y de protección civil y los técnicos que están realizando las tareas de levantamiento de los cadáveres.

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