Finalmente, Alex Honnold se puso de pie sobre la mismísima punta del rascacielos más alto de Taiwán, el Taipei 101, para que el espectador pudiese suspirar de alivio. Incluso aquellos sentados frente a la pantalla que conocen el juego de escalar tendrán que admitir que la emisión en directo de Netflix resultó desasosegante, incómoda, a ratos bella y a ratos exasperante. El escalador estadounidense invirtió 1 h 21 min y 34 segundos en escalar los 508 metros del coloso de acero, cristal y hormigón, es decir una velocidad bárbara, pero aquí el cronómetro era una anécdota: de no haber saludado al público que gritaba a los pies del edificio, a los cámaras, a los que le miraban desde dentro pegado a las ventanas, hubiera podido ir aún más rápido. Pero entonces hubiese sido demasiado rápido, incluso para los estándares de la plataforma de streaming. A Honnold le conocen como Alex ‘no es para tanto’ por su modestia y su capacidad para relativizar lo extraordinario. A la vista de las imágenes, cabe señalar que la escalada del Taipei 101 no fue un juego: en conjunto resultó agotadora y sumamente técnica, sobre una superficie en absoluto adherente y con presas que le exigían pinzar constantemente los salientes de la estructura. Honnold escogió una de las aristas del edificio para superar las dificultades, dejó atrás el primer tercio del edificio sin problemas y se enfrentó a una decena de adornos, conocidos como los dragones del rascacielos, que escogió superar de la forma más genuina posible: en vez de esquivarlos por un flanco, se encaramó a la pieza calcando cada vez unos movimientos que disparaban la angustia en el espectador. Alex Honnold interactúa con dos personas que le fotografían desde dentro del rascacielos Taipei 101 en Taiwán.Ann Wang (REUTERS)Solo un par de detalles permitían inquietarse: el escalador se secaba constantemente las manos en su pantalón o en su camiseta, gesto inequívoco de que algunos agarres estaban húmedos o mojados. Después, volvía a hundir por turnos sus manos en su bolsa de magnesio para seguir con la secuencia de movimientos: la escasa adherencia del metal provocaba leves patinazos de sus pies, añadiendo más tensión a sus brazos. Pero los movimientos más espectaculares estaban en lo alto del edificio: voladizos que superó volando los pies, dibujando tracciones y hasta permitiéndose un kneebar, es decir, un bloqueo de su rodilla en una oquedad para soltar los brazos, reposar un segundo cabeza abajo y seguir. “Está jugando con la audiencia”, soltó Emily Harrington, una de las cuatro personas que comentaban el espectáculo, pero la única que aportó datos interesantes gracias a su condición de escaladora.Alex Honnold se toma un descanso durante su escalada al rascacielos Taipei 101, en Taiwán.Ann Wang (REUTERS)Alain Robert, el Spiderman francés con cientos de edificios escalados también sin cuerda en su currículo, recuerda que empezó a escalar para vencer su miedo a las alturas, para demostrarse que podía afrontar y superar una carencia. Alex Honnold ha pasado en dos décadas de ser un escalador retraído, con serias dificultades para encontrar compañero de cuerda, a ser una estrella mundial. Los veteranos de Yosemite le recuerdan de noche en las tertulias del campo 4 al margen del grupo, con sus ojos saltones y sus orejas despegadas, mudo. Deseaba formar parte de aquella comunidad, pero no sabía cómo. Sus solos integrales en las paredes del valle pronto le llevaron a liderar el grupo, a tomar el relevo de los mejores para seguir haciendo historia. No tuvo que hablar, sus gestos le ahorraron cualquier discurso. Durante años vivió en su furgoneta, nómada, sin apenas publicitar sus escaladas sin cuerda. Ahora, con mujer, hijos, un Oscar de Hollywood y una casa en cuyo sótano tiene un rocódromo de ensueño, sigue fiel a sí mismo.Alex Honnold, en lo más alto del rascacielos Taipei 101, en Taiwán.ChiangYing-ying (AP)Poco antes de viajar a Taiwán, completó sin cuerda un encadenamiento de cuatro vías al Monte Wilson, sumando 12 horas de actividad: en comparación, el Taipei 101 habrá sido un juego aunque se trate de la escalada a un rascacielos más importante jamás ofrecida en directo. Curiosamente, Honnold asegura estar más fuerte que nunca a sus 40 años: “Llevo 29 años escalando cinco días por semana, es normal que no me cueste mucho realizar ciertas cosas”, explicó a Netflix. Su nivel en escalada deportiva es de 9 a. Solo en España existen casi 60 escaladores, hombres y mujeres, capaces de escalar dicha dificultad. Muy posiblemente, ninguno de ellos se planteará jamás prescindir de la cuerda. No basta con desearlo, hay que poder llevarlo a cabo. El checo Adam Ondra, infinitamente más fuerte que Honnold, asegura que jamás se le ocurriría medirse a un solo integral: “Me he caído tantas veces por sorpresa, estando convencido de que era imposible sufrir una caída, que la sola posibilidad de prescindir de la cuerda me espanta”, asegura. Por inmortal que parezca, ni el propio Honnold está a resguardo de la fatalidad, algo que Netflix ha tenido que valorar en algún momento antes de proponer y ejecutar una forma de entretenimiento que lanza el debate sobre su propia necesidad y las consideraciones éticas que van aparejadas.

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