Cuatro tiendas de campaña abandonadas en un llano cerca de Taybeh dan cuenta de otra comunidad beduina que se cansó del acoso de los colonos israelíes, cargó sus pertenencias en camiones y se estableció en una zona de Cisjordania menos expuesta. Van 45, que suman más de 3.000 personas, desde octubre de 2023: no queda ya ninguna en la zona semidesértica que va de las aldeas al este de la ciudad de Ramala hasta el mar Muerto, en la frontera con Jordania.Es la zona C de Cisjordania, donde se han centrado la colonización y las expulsiones. En particular, desde que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se alió con la ultraderecha para regresar al poder tras las elecciones de 2022. Se trata de la mayor (60%) de las tres áreas en que los Acuerdos de Oslo de 1993 dividieron Cisjordania y donde unos 300.000 palestinos viven bajo pleno control militar israelí, tanto administrativo como de seguridad. La idea entonces era la transferencia gradual de la zona a la recién nacida Autoridad Nacional Palestina (ANP), pero el proceso de paz se fue torciendo, nunca sucedió y los sucesivos Gobiernos israelíes han expandido desde entonces los asentamientos hasta albergar hoy medio millón de colonos judíos. Conviven dos sistemas legales paralelos: la ley civil, para los israelíes, y la castrense, para los palestinos, que tienen virtualmente prohibido construir y ven sus casas demolidas casi a diario.Viviendas y un depósito de agua en Al Mugayer, en Cisjordania.Antonio PitaEste domingo, el gabinete de seguridad aprobó una serie de cambios “drásticos” (como los definieron los dos ministros radicales que los impulsaron) que amplían las prerrogativas del ejército israelí en toda Cisjordania (militarmente ocupada desde hace más de medio siglo), facilitan a los colonos judíos la compra de tierras y extienden la batalla al otro 40%: las zonas A (las grandes ciudades que habitan la mayoría de palestinos y donde la ANP tiene el control tanto administrativo como de seguridad) y B, las áreas colindantes, donde la ANP solo tiene potestad administrativa.Es donde las asociaciones de colonos venían poniendo el nuevo punto de mira y donde el Gobierno de Netanyahu (a veces confundibles en objetivos y lenguaje) ha aprobado extender su potestad de control en materias tan abiertas a interpretación y usurpación de tierras como patrimonio y sitios arqueológicos, riesgos ambientales y delitos relacionados con el agua. Las autoridades militares podrán, por ejemplo, demoler construcciones, si las consideran perjudiciales en estos asuntos, en un suelo donde, en teoría, manda la ANP. Es lo que se sabe por el comunicado de su anuncio. Se desconoce el texto de la decisión, al haberlo aprobado el gabinete de seguridad, en vez del Gobierno en pleno.La medida profundiza la anexión de facto de Cisjordania en la que está inmersa Israel, más aún desde que el presidente de EE UU, Donald Trump, aguase en noviembre las esperanzas de los más ultras al explicitar que no permitirá su declaración formal. Es decir, una carrera por transformar a un ritmo inédito (más ahora, a meses vista de las elecciones) la realidad sobre el terreno: levantando nuevos asentamientos (casi 150, a la sombra de la invasión de Gaza), legalizando otros retroactivamente, demoliendo viviendas palestinas y facilitando que los colonos más violentos expulsen comunidades enteras, por medio de palizas y quemas de viviendas, coches, olivos o ganado. Lo dijo el domingo uno de los padres de la iniciativa, el titular de Finanzas, Bezalel Smotrich: “Seguimos matando la idea de un Estado palestino”. Bezalel Smotrich, el pasado septiembre en Mumbai (India).Hindustan Times (Hindustan Times via Getty Images)Todos estos planes se plasman en Al Mugayer en un todoterreno militar avanzando junto a un pequeño vehículo civil en la carretera de arena que lleva tanto al pueblo como a un asentamiento. Un adolescente ―ataviado como los nacionalistas religiosos que nutren las filas del movimiento colonizador― acompaña a los soldados y les explica algo cerca de las tierras agrícolas de los vecinos. “A esos olivos no podemos llegar ya, pero los colonos sí llevan a pastar a sus ovejas. Desde el 7 de octubre [de 2023] estamos rodeados de asentamientos por todas direcciones […] Nuestra vida ha dado un giro de 180 grados. Hemos tenido que vender la mayoría de ovejas. Este pueblo vive de la agricultura y si no podemos acceder a nuestras tierras…”, asegura el vicepresidente del consejo de la aldea, Marzuq Abu Naim, desde un alto que permite verlas, casi vacías.Hay, también, un enorme llano verde antes lleno de olivos. En agosto, circuló la información de que un colono israelí había sido atacado por alguien del pueblo y el ejército le impuso un toque de queda, con redadas y arrestos (incluido del alcalde), durante tres días. Luego, arrancó 10.700 olivos, algunos con un siglo de antigüedad, denuncia Abu Naim. Marzuq Abu Naim mira a las tierras desde un alto en Al Mughayer, en Cisjordania.Antonio PitaFue un castigo colectivo enunciado públicamente como tal por Avi Bluth, el mando militar israelí al cargo de la zona de Cisjordania: “Cada aldea debe saber que, si comete un ataque, pagará un alto precio y quedará bajo toque de queda y rodeada. Arrancar los árboles tenía como objetivo disuadir a todos. No solo a esta aldea, sino a cualquier aldea que intente alzar la mano contra los residentes [judíos]”. El ejército salió más tarde a desmentirlo: no había vocación de represalia, solo de “despejar” el olivar, porque el supuesto autor del ataque lo había empleado para huir. Abu Naim, de 65 años, muestra vídeos de los ataques que ha sufrido Al Mugayer: un colono vaciando con pose amenazante un depósito de agua, otro mandando callar y empujando a una mujer palestina de bastante más edad mientras un soldado le deja hacer… Cisjordania ha registrado este enero el triple de palestinos heridos por colonos israelíes que a la inversa, según los datos de la inteligencia militar israelí (que suele infraestimar las agresiones israelíes respecto a las que registra la ONU) difundidos este lunes por la radio pública israelí. Los palestinos muertos por fuego de soldados o colonos supera el millar desde el ataque de Hamás que incendió la región en octubre de 2023. Más de uno al día de media.Diana de colonos radicalesDesde hace años, una de las dianas favoritas es Turmus Ayya. Con el apoyo o la vista gorda de los militares, los colonos han quemado allí decenas de casas, coches y árboles. Es un lugar peculiar: el 80% de sus residentes tiene también pasaporte estadounidense, aunque no les ha servido de mucho para que Washington los proteja, como han pedido repetidamente a sus representantes. Nadie ocupa durante meses algunas de las lujosas villas levantadas con dinero amasado al otro lado del Atlántico. Tiene censados 14.000 residentes, pero solo 3.000 viven de forma permanente, explica Yasser Alkam, responsable de relaciones exteriores en el Ayuntamiento. “Cuando digo que ese terreno es inaccesible, no es que no pueda llegar físicamente”, aclara Alkam señalando un llano cercano. “Es que, si lo intentase, tardarían muy poco en juntarse entre 30 y 40 colonos para venir a agredirme. No es que tengamos miedo, es que sabemos que nos van a agredir”. Las granjas-asentamiento en altos estratégicos, el proyecto de moda para apropiarse de tierras palestinas, permiten controlar mucho espacio con pocos recursos. Incluida la mayoría de Turmus Ayya que se enmarca en la zona B de Cisjordania.En los alrededores se alzan algunos de los 19 asentamientos a los que el Ejecutivo de Netanyahu dio estatus legal en diciembre de forma retroactiva. Van cerca de 70 en los últimos tres años. Eran ilegales y debían haber sido demolidos, según la legislación israelí. En el derecho internacional no existe esa distinción: todos son ilegales.Disparo letalEn noviembre, mientras la ministra de Transportes de Netanyahu, Miri Regev, se enorgullecía en televisión de aplicar la “soberanía [el eufemismo de moda para la anexión] de facto” en Cisjordania, con la construcción de carreteras, vías segregadas e iluminación pensadas para uso de los colonos, el palestino Saad Naser vivía, sin saberlo, las últimas semanas con su hijo adolescente Mohamed. Lo perdió hace un mes, por fuego del ejército israelí y aún se nota en su mirada. Naser, de 43 años, cuenta que fue un viernes, durante el rezo principal en la mezquita. Oyeron de fondo disparos y los niños, entre ellos Mohamed, salieron corriendo a lanzar piedras contra los vehículos de los militares. “El jeep no estaría ni a cien metros de mi hijo cuando alguien bajó la ventanilla y le disparó. Lo llevamos en un coche particular al hospital en Ramala, pero había muerto en el acto”.Cuenta que el ejército le impidió reunir una multitud ante la habitual carpa de duelo y que un mando de los servicios secretos en Israel y Palestina, el Shabak, lo llamó por teléfono para, primero, presentarle sus condolencias ―recuerda con un gesto de insulto― y, luego, insistirle: “No quiero reacción alguna ni contra el ejército, ni contra los colonos”.

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