Brahim Díaz tuvo en su pie la Copa de África que Marruecos no ganaba desde hacía medio siglo. Solo tenía que meter el penalti y la nación viviría la mayor fiesta de conquista desde los Almorávides. El cronómetro dictaba que en el minuto 98 se había consumido el tiempo añadido de la final. El partido estaba a punto de terminar. Solo faltaba que el ídolo tocara la pelota y la metiera en el rectángulo de 7,32m por 2,44m para éxtasis del pueblo reunido en peregrinación. Lleno a rebosar con más de 70.000 devotos el estadio Príncipe Mulay de Rabat, construido a propósito para acoger ese instante, se levantaba como un monumento en su honor. La gloria se descontaba del resultado de la ecuación cuando el muchacho de 26 años golpeó la pelota como si golpeara una mozzarella de búfala. El esférico acabó fácilmente en las manos de Édouard Mendy. Y Brahim se desplomó al instante, entre indignado y hundido.“¡Seamos serios, por favor!”, respondió Mendy, molesto cuando después del drama alguien le preguntó si Brahim había querido meter el gol realmente o lo que el mundo acababa de ver era el resultado de una especie de amaño teatral entre el portero y el delantero para poner fin de modo salomónico a uno de los episodios más extravagantes de la historia de un torneo con una larga tradición de sucesos estrafalarios. El partido se había suspendido durante diez minutos después de una secuencia que dejó en mal lugar a todos. Primero, porque el árbitro había anulado un gol aparentemente legal a Senegal en el minuto 95 alegando que Diouf, antes de cabecear, había tocado suavemente a Hakimi, que se desplomó. Después porque, dos minutos más tarde sin más tiempo para reaccionar, en el último córner de la noche, el mismo árbitro, el congoleño Jean Jacques Ndala, había pitado un penalti aparentemente inexistente a favor de Marruecos, después de que Brahim se desplomara en el área ante un suave contacto de la mano del pobre Diouf. Con la llamada del VAR, el subsiguiente análisis de la misma imagen repetida que no demostraba nada y el decreto final del juez Ndala, el drama había alcanzado su pico cuando el seleccionador senegalés, Pape Thiaw, ordenó a sus jugadores que abandonaran la cancha en señal de protesta por lo que consideraba un continuo acto de sabotaje por parte de la organización. Durante unos minutos, todos los senegaleses desaparecieron en el vestuario menos Sadio Mané, que se encargó de hacerlos volver al partido para asistir, era de suponer, a la ejecución colectiva a manos de Brahim. Pero Brahim remató a las manos de Mendy, la final pasó a la prórroga, y Pape Gueye metió el gol del triunfo de Senegal.Senegal se levó el trofeo, pero la organización le promete sanciones. Este lunes lo anunció en un comunicado: “La Confederación Africana de Fútbol condena el comportamiento inaceptable de algunos jugadores y funcionarios durante la final de la Copa de África disputada entre Marruecos y Senegal. La CAF condena enérgicamente los comportamientos cuyo objetivo es difamar a los árbitros. La CAF está revisando vídeos y remitirá las pruebas a los organismos competentes para que tome medidas contra los que encuentre culpables”. Mendy sostuvo que si Brahim hubiera querido darle la pelota, se la habría entregado con un pase, y no con un disparo a lo Panenka. Pálido y en shock, Brahim fue sustituido en la prórroga. Cuando salió de la sombra del banquillo para recoger la medalla de subcampeón parecía un zombi. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, le dio un abrazo para reconfortarlo. El presidente de la federación marroquí, Fouzi Lekjaa, le dio otro abrazo. El podio de la final de la Copa de África, hecho a la medida de Marruecos, se convirtió en el lugar en el que todos daban el pésame al hombre del penalti fallado. El malagueño, ganador de la Bota de Oro del torneo con cinco goles, la imagen más potente de la competición hasta este domingo, deambulaba bañado en lágrimas. Su primera campaña como jugador de Marruecos había acabado inesperadamente mal. Tras 21 partidos invicto, el atacante del Real Madrid se convirtió en el protagonista de la derrota en el partido más importante de la historia del país que lo acogía.Regragui: “Fue vergonzoso”“Brahim tiró el penalti como lo tiró”, dijo Walid Regragui, el seleccionador marroquí, el domingo. “Son cosas del fútbol. Lo que no es normal es la imagen que dimos de África esta noche. Fue vergonzoso. Que un entrenador pida a sus jugadores que abandonen el campo… ¡Lo que hizo Pape no honra a África! No tiene clase. ¡Paró el partido ante los ojos del mundo durante diez minutos! Eso no ayudó a Brahim. Nos quedamos a un minuto de ser campeones”.Le dieron el dorsal diez. El número mágico de Pitágoras. Le prometieron la titularidad. Le garantizaron contratos de patrocinio multimillonarios con Orange Marruecos, Bank of Africa y Visa. Le aclamaron como a un profeta nacional desde que hace un año y medio renunció a la selección española para jugar para el país de sus abuelos paternos.“Me dieron amor”, contó Brahim hace un año en la SER, para justificar su decisión de cambiar de nacionalidad deportiva. A cambio, se expuso hasta transformarse en el principal pilar de un equipo que representó los anhelos y las fantasías de un pueblo. La pesadilla estaba servida.

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