En el último juego de su partido contra Taylor Fritz, Stan Wawrinka, de 40 años, devolvió a duras penas un servicio del poderoso estadounidense, de 28. Fritz le arreó a la derecha de Wawrinka, y luego se empecinó con el revés del suizo. Son cinco reveses a una mano de Wawrinka, uno detrás de otro. Hay que buscar y ver ese vídeo porque es un trozo del pasado que se derrumba ante nuestros ojos, y además un pasado mejor: el que recuerda la lejana y elegante hegemonía del revés a una mano. Cuando ve venir la bola, Wawrinka realiza un giro amplio de hombros cercano a los 90 grados respecto a la red, de modo que su espalda queda parcialmente orientada hacia el rival mientras la cabeza permanece fija siguiendo la trayectoria de la pelota; durante ese giro eleva la raqueta por encima del nivel de la cabeza, con el codo alto y la muñeca relajada. Mantiene el brazo separado del torso para permitir un arco de swing amplio, ejecuta uno o dos pasos de ajuste y planta el pie izquierdo por delante antes del impacto para fijar bien el cuerpo. A cámara lenta se aprecia una brevísima pausa en la posición alta, con hombros cerrados y cuerpo cargado, que ayuda a estabilizar el tiempo de ejecución del golpe.Es un revés violentísimo. En el rally contra Fritz, Wawrinka va elevando la velocidad de pelota (y los gemidos) hasta jugarse un revés ganador pegando directamente un grito que levanta al público, volviéndolo loco. Ni la ve Fritz. Fue el último gran revés de Wawrinka, que empezó a despedirse del circuito en el Open de Australia. Es ganador de tres Grand Slam (2014 a Nadal en Australia, 2015 a Djokovic en París, 2016 a Djokovic en Nueva York). Hace diez años, el tenista suizo ya fue objeto, él y su revés, de un estudio en Eurosport a cargo de Laurent Vergne. “Si la belleza es un criterio subjetivo, difícilmente se asocia con el revés a dos manos. Sin embargo, este gesto especial que es el revés a una mano se ha vuelto escaso hasta un grado nunca alcanzado en la historia de este deporte. Si el triunfo maestro de Wawrinka hubiera adquirido las características de un gran saque o un golpe de derecha, no dejaría una huella tan fuerte, ya que estas son las fortalezas más recurrentes del tenista del siglo XXI”.En el tenis profesional actual, el revés a una mano es ya una excepción estadística. En el circuito masculino, solo siete jugadores del top 100 usan este golpe de manera habitual. Entre ellos, sólo uno está entre los diez primeros: Lorenzo Musetti (5). En el top 50 se encuentran cinco especialistas: además de Musetti, Denis Shapovalov (23), Stefanos Tsitsipas (35), Daniel Altmaier (44) y Grigor Dimitrov (45). En el circuito femenino, la presencia es residual: solo dos jugadoras dentro del top 100 utilizan el revés a una mano: Tatjana Maria (42) y Viktorija Golubic (83). Desde 2007, hace 19 años, no hay número uno femenino con revés a una mano: fue Justine Henin. Desde 2018, hace ocho años, no hay número uno masculino con revés a una mano: Roger Federer. Siete hombres y dos mujeres resisten en el top 100.Este gesto técnico clásico ha pasado de ser norma a convertirse en una rareza de élite. Pero sobrevivirá. Hay jugadores cuya coordinación y estructura corporal se adaptan mejor a una mano que a dos: forzarlos sería antinatural. En cada generación seguirán apareciendo perfiles así. Porque, bien aprendido, para un determinado estilo de juego, reconocible en el propio Wawrinka y Federer, es más valioso para desplazarse o para cambiar al cortado. Y porque cuando todos pegan parecido, un gesto distinto introduce desconcierto: y el público, como los grandes entrenadores, no buscan copiar la media, sino lo que hace único a un jugador.

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